España está llena de castillos que constituyen un gran legado histórico y un patrimonio que nos enseña como eran las costumbres de los nobles de la época, los podemos encontrar en multitud de lugares y uno de ello se encuentra en la ovetense pedanía de Las Caldas, el castillo de Las Caldas o castillo de Priorio, el cual parece totalmente sacado de un cuento de hadas.
Lo que aquí se halla es una fortaleza cuyos orígenes nos remontan al siglo VII cuando en Asturias reinaba Alfonso II ya que cuenta la leyenda que a finales de siglo tuvo que levantar una fortaleza para refugiarse de las tropas del emir qurtubí Abu al-Walid Hisham al-Rida (Hisham I). Esta función de de escondite también la utilizó en el siglo XI el rebelde Gonzalo Peláez quien se había levantado contra los reyes Urraca I de León y Alfonso VII de León.
Siglos más tarde el castillo cayó en manos del obispado de Oviedo quienes lo utilizaron como lugar de vivienda para sus prelados, pero había un contratiempo y es que los caballeros que en él habitaban ejercían una gran tiranía contra la población de las aldeas circundantes por ello en 1306 el rey Fernando IV de Castilla decide arrebatárselo y destruirlo pero finalmente esto no sucede y la Iglesia pudo mantener su custodia y le hizo varias reformas. Su función militar continuó hasta el siglo XV cuando ya se convierte en casa de recreo de los obispos algo que finalmente hizo que se fuera deteriorando. Así se llegó hasta 1865 cuando el arquitecto Ramón Secades lo adquiere cuando ya estaba en estado ruinoso y se lo cede a su hijo, Ángel Custodio Secades, para que lo reforme por completo.
Lo que ahora se ve es un castillo totalmente nuevo, levantado sobre los cimientos de la primitiva fortaleza. Comenzando desde una las antiguas cuatro torres que cerraban el patio de armas levantaron dos nuevas torres almenadas y las decoraron con balcones y ventanas ojivales. Entre ambas es donde se construyó el cuerpo de menor altura en el que se pueden observar unas líneas más distinguidas y gallardas que en otros palacios asturianos y un gran ejemplo de arquitectura historicista y romántica. Además hay una lapida con una inscripción con los nombres de todos sus propietarios.
Actualmente es un castillo rodeado de una gran vegetación la cual es la que le da ese aspecto de cuento de hadas a lo que se le suma una leyenda que le da más misterio.
Esta cuenta que en el castillo vivía el caballero Don Rodrigo junto a su hija Olalla (otras fuentes la llaman Irene), una mujer de gran belleza a la que quería casar con algún joven de gran linaje. Pero había un problema y es que ella estaba enamorada de un joven paje de nombre Pelayo (otras versiones lo nombran como Pablo) que pronto sería nombrado caballero. Como sabían que esto al padre no le iba a gustar lo mantuvieron en secreto.
Pero una jornada que ambos estaban paseando apareció de repente Rodrigo y los descubrió, su hija debido a esto se desmayó de la impresión mientras que padre y paje empezaron a pelear, una lucha en la que Rodrigo acabó muriendo. Cuando la joven se despertó vio el cadáver se enloqueció. Por ello el joven se acercó a ella, le pidió perdón, tiró su espada y se arrojó al río Gafo donde ya no se le vio más. Desde entonces se comenta que allí hay una piedra con manchas que sería la sangre del chico.
Gracias a todo esto el castillo posee la categoría de Bien de Interés Cultural y posee una belleza y una historia que bien podría haber salido de cualquier cuento.

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